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domingo, 7 de octubre de 2018

La guardia del corazón - San Juan Casiano

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La guardia del corazón

San Juan Casiano

San Juan Casiano apareció ante todo como un testigo de la tradición monástica. Nacido hacia el 365, probablemente en Escitia, pasa en principio dos años, muy joven aún, en un monasterio de Belén, y aprovecha para instruirse en los usos monásticos de Palestina, Siria y Mesopotamia. Más tarde llega a Egipto, donde permanecerá unos veinte años, casi sin interrupción (hacia 380-400). Allí visita los principales monasterios, y se traslada a continuación al desierto de Escitia, donde se agrega a un pequeño grupo de monjes cultivados, principalmente influenciados por el pensamiento de Orígenes, y al que pertenecieron Evagrio Póntico y Paladio. La polémica origenista lo obliga a abandonar Egipto. Pasa entonces cinco años en Constantinopla, cerca de San Juan Crisóstomo, y así tiene ocasión de estudiar las observancia y uso de los monasterios de Asia Menor. En el 405, se dirige a Roma para llevar al papa Inocencio I, una carta pidiendo al clero de Constantinopla para que se ponga a favor del obispo proscrito. Hacia el 415 lo encontramos en Marsella, donde funda dos monasterios, San Víctor, para hombres, y San Salvador, para monjas. Su experiencia le procura un prestigio sin igual entre los monjes provenzales. Se puede situar su muerte antes del año 435 (1).

El combate invisible

La renuncia y la ascesis corporal, tan necesarias como son, y la vida dentro del marco del monasterio, a pesar de las ventajas espirituales que presenta, no bastarían para encaminar al monje hacia la pureza del corazón, si no estuvieran acompañadas de otra forma de actividad espiritual, secreta e interior, a saber, el combate invisible que el monje debe realizar contra las sugerencias malignas que el demonio intenta lanzar en su corazón, y que son la semilla de todo pecado. Combate temible, verdadera crucifixión, en esta arena de la soledad donde el hombre ya no es sacado fuera de sí mismo por la agitación de la vida secular. Martyrius evoca este combate en estos términos: “Crucificados hasta nuestro último aliento por una lucha noche y día contra el maligno, recibimos bofetadas en el rostro y a cambio las soportamos, sin cesar nunca de estar listos para combatirlo. ¿Tal vez la lucha interior, el esfuerzo sobre los pensamientos y la guerra contra las pasiones no serían tan duras como la guerra exterior contra los perseguidores y la tortura del cuerpo? Me parece que son más duras, en la medida en que el maligno es más cruel y más malvado que los peores hombres malvados…. ¡Cómo, pues, encontraríamos tregua y respiro en la lucha que nos enfrenta a él, ya que siempre está listo y al acecho para luchar contra nosotros con tantas tácticas astutas, queriendo así hacernos tropezar, caer y ahogarnos en el pecado! Mientras haya un soplo en nuestras fosas nasales, no nos detendremos, no dejaremos de combatirlo” (2).

No es necesario disimular, de hecho, las dimensiones reales de este combate: tras las malas tendencias contra las que luchamos, se revela la presencia de adversarios personales temibles: el maligno y sus ángeles. Su intervención en nuestras vidas, su forma de sugerencia y malos impulsos, es un fenómeno mucho menos extraño de lo que una mentalidad demasiado racional podría admitir. En los Evangelios, uno de los aspectos del drama redentor es el ser un combate personal de Cristo contra el maligno. Este es el combate que revive el monje, en lo más profundo de su alma. La única fuerza que podría permitirle triunfar es la misma vida de Cristo resucitado: es Cristo quien, en él, será de nuevo vencedor sobre los poderes del mal.

El proceso de la tentación

Para resistir eficazmente a las solicitudes del espíritu maligno, en principio debemos estar informados sobre el proceso de la tentación. Los padres han distinguido aquí, cinco momentos principales: la