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jueves, 15 de marzo de 2018

El Decálogo


HAVE FAITH - ORTHODOXY



El Decálogo

Lo que la revelación nos enseña en el Antiguo Testamento sobre la vida espiritual del hombre aparece además en numerosos preceptos entre los cuales los diez mandamientos de Moisés o el Decá­logo siguen guiando hoy día a los cristianos—los cuatro primeros enseñan al amor para con Dios, los otros—el amor para con el prójimo. La mayor parte de ellos toman la forma de prohibiciones e indican los principales obstáculos en el camino de la vida verdadera.

Los dos primeros mandamientos

El primer mandamiento recuerda la verdad esen­cial del Antiguo Testamento: hay un solo Dios y es Él solo en quien está nuestra vida. "Yo soy el Señor tu Dios y no tendrás dioses ajenos delante de mí." El segundo mandamiento explica el primero: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: no te inclinarás a ellas, ni las honrarás."
Esta es una amonestación contra el culto pagano de dioses falsos. Existen todavía hoy idólatras inconscientes, aún entre los cristianos: todos los que toman por valor supremo cualquier valor rela­tivo, por ejemplo el triunfo de su propio pueblo, o de su raza o de su clase social (así todas las especies de patriotería, de racismo o de comunismo). El que lo sacrifica todo por el dinero, la gloria, la ambición o la satisfacción personal, se fragua un ídolo y lo adora. Todo cuanto es traición con­tra Dios, sustituyendo la mentira por la verdad, y al mismo tiempo subordinando el todo a una parte, lo más elevado a lo más bajo.
Esto es una desnaturalización de la vida, una enfermedad, una monstruosidad, un pecado que lleva al mismo idólatra a su propia ruina y muchas veces a la de otras personas. Es por eso que puede con­siderarse el segundo mandamiento como una amones­tación contra todo pecado en general.

El tercer mandamiento

El tercer mandamiento — "No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano" —salvaguarda la base de nuestras relaciones con Dios, la oración. Es por su Palabra que Dios creó el mundo. La Palabra de Dios se hizo carne y nuestro Salvador. Es por eso que nuestra palabra también (no olvidemos que estamos hechos a la imagen de Dios) tiene una gran potencia. Debemos pronunciar cada palabra con prudencia y en particular el Nombre de Dios, que nos ha sido revelado por El mismo. Hay que emple­arlo solamente para rezar, bendecir o para enseñar la Verdad.
Tomando en vano el Nombre de Dios, acabamos por olvidarnos de cómo emplearlo justamente y debili­tamos nuestra facultad de unión con Dios. El Señor Jesucristo nos pone en guardia contra el juramento (Mateo 5: 34-37). Más perniciosos aún son la blas­femia, la murmuración contra Dios, el sacrilegio y la jura. Pero toda palabra falsa o mala tiene un poder destructor: puede destruir la amistad, la familia, naciones enteras. El Apóstol Santiago afirma vigorosamente la necesidad de refrenar la lengua (Santiago 3: 2-10). Si Dios y su Palabra son la Verdad y la Vida, el diablo y su
palabra son mentira y la fuente de la muerte. El Señor di­ce que el diablo es, desde el principio, homicida, mentiroso y padre de mentira (Juan 8: 44)

El cuarto mandamiento

"Acordarte has del día de reposo para santifi­carlo: seis días trabajarás, y harás toda su obra; mas el séptimo día será reposo para el Señor tu Dios." Este mandamiento nos recuerda que nuestras ocupaciones constituyen un camino que conduce ha­cia Dios o que nos aleja de El: sólo en Dios en­contramos descanso. En el Antiguo Testamento, el día del sábado era la imagen del reposo de Dios después de la creación del mundo: al participar del reposo de Dios, el hombre tiene acceso a una e-levada vida espiritual, contemplativa, a la que se acostumbra.
Para los cristianos, el día del Señor es el do­mingo, día de oración, día en que recibimos la Palabra de Dios y la Eucaristía. Los primeros cristianos fueron excomulgados (puestos fuera de la comunión de la Iglesia), si por dos domingos segui­dos no comulgaban.
Cristo enseñaba que es imposible separar el amor por Dios del amor por el prójimo y dio testimonio de esto por curar a los enfermos en el día consagrado a Dios, el sábado.
Hoy día, el signo de nuestro amor por Dios, inseparable de nuestro amor por nuestro vecino es la Eucaristía: es lo que nos da la fuerza para practicar el bien. Es por eso que el domingo y los días de fiesta celebramos la Eucaristía.

El quinto mandamiento

"Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen en la tierra que el Señor tu Dios te da." Este mandamiento no es solamente una invita­ción a amar a los padres, sino que es también la indicación de un punto de partida para amar a to­dos los hombres. En efecto, para aprender a amar a todos, es necesario primero amar a los que nos son más próximos (I Timoteo 5:8). El modelo del amor perfecto nos fue dado por el amor del Señor por su Padre. La unidad a que somos todos llama­dos comienza en la familia cristiana. — Es sobre el respeto de los padres y la atención a sus con­sejos que está fundada la cultura. La irreverencia para ellos (personificada por Cam, el segundo hijo de Noé) es el origen de la decadencia de toda sociedad humana y de separación de la Iglesia.

El sexto mandamiento

"No matarás" — es un mandamiento esencial, el homicidio siendo el contrario mismo del amor. Amar significa desear para aquél a quien se ama la plenitud de todos los bienes, de los cuales, ante todo, la vida eterna. El homicidio es también un suicidio, porque destruye, en el corazón del que mata, el fundamento mismo de la vida: el amor. En cuanto al suicidio de hecho es el más grave de los pecados: es en efecto la negación de toda confian­za en Dios, de la esperanza en El y también de toda posibilidad de arrepentirse. Es propiamente el ateísmo puesto en práctica y la cosa más con­tranatural que puede cometer un hombre. Los medios de cometer homicidio y suicidio son innume­rables, sobre todo si se considera que estos actos pueden ser cometidos, no solamente por las armas y la violencia, sino también indirectamente por una palabra o por un silencio, por mirar o por negarse a mirar. Todo pecado, en calidad de violación de las leyes de la verdadera vida, es un homicidio indirecto. Es homicidio igualmente la negación de defender o de salvar a otra persona.
Ocurre, sin embargo, que la defensa de otro exige además del sacrificio personal, la violencia y hasta el homicidio. Es así que se encuentra justificado el combatiente que mata en la guerra, si es que no es motivado por el odio o por la sed de la sangre. Pero eso mismo está muy lejos de justificar siempre la guerra, que en sí en un mal.
La principal responsabilidad de la guerra es llevada por los jefes de los gobiernos y de las naciones. La política y los medios de hacer gue­rra son sometidos también a un juicio de orden moral. Esto se olvida cada vez más en nuestros días.

El séptimo mandamiento

Toda unión extra-conyugal entre un hombre y una mujer es una violación directa del mandamiento: "No cometerás adulterio." Pero toda acción que fa­vorece un exceso de los sentidos lo viola igual­mente.
En el matrimonio cristiano, en que la vida sexual es condicionada por relaciones personales basadas en un amor profundo, no resulta perturbada la armonía moral. Fuera del matrimonio, al con­trario, la manifestación del instinto sexual se aísla fácilmente en su propia esfera, lo cual des­truye la integridad de la persona humana. Y hay tanto peligro de esto porque los elevados impulsos creativos del hombre están estrechamente ligados a su vida sexual. La continencia aumenta las fuerzas espirituales mientras que el desarreglo las debilita; además, provoca muchas veces enfer­medades de las que hasta los descendientes del que así ha pecado llevan el peso. Los desarreglos de la vida sexual provocan desórdenes en las rela­ciones con el prójimo y a veces una viva agresi­vidad. En la lucha con las tentaciones del pecado, sobre todo en esta esfera, los solos esfuerzos de la voluntad no bastan. Aquí, es indispensable ejercer los mejores recursos intelectuales y espi­rituales, en particular, la oración, participación de la vida de gracia de la Iglesia, y sobre todo, un amor viviente por Dios y el prójimo.

Los mandamientos VIII, IX y X

"No hurtarás." Este mandamiento nos pone en guardia contra un pecado que puede perjudicar seriamente el amor entre los hombres.

La propiedad es frecuentemente una condición necesaria a la vida del hombre, a la seguridad de su futuro y a veces es también un vínculo con su pasado, la condición de su trabajo creativo o bien el fruto de su obra. Como el nombre, la propiedad puede ser el símbolo del hombre mismo. Es por eso que, cuando un hombre hurta, puede hacer un daño profundo a su personalidad y causarle así una ver­dadera mutilación moral. Sin embargo, no conviene dar una importancia absoluta a los aspectos aislados de la propiedad particular o colectiva. En sí la propiedad no es ni mala ni buena, pero conforme a la enseñanza de San Casiano, sólo puede conver­tirse en un bien o en un mal.
La doctrina de Cristo no permite el estableci­miento de ningún sistema económico, sino que da el criterio necesario para juzgar la propiedad en los diversos casos que pueden presentarse. Este criterio es el bien espiritual del hombre.

El noveno mandamiento: "No hablarás contra tu prójimo falso testimonio" condena la declaración falsa en un tribunal, pero además, es interpretado por los comentadores de la Iglesia como una amo­nestación contra todo pecado hecho por palabra, y así llega a completar el tercer mandamiento.

El décimo mandamiento nos pone en guardia con­tra la envidia y la codicia, dicho en otros térmi­nos, contra el mal interno que es la causa del mal externo. En este respecto, el último mandamiento recuerda los del Nuevo Testamento.

La moral del Nuevo Testamento comparada con la del Antiguo Testamento

Si el Antiguo Testamento, en sus preceptos de amor para con Dios y el prójimo, nos revela ya el fundamento de la vida verdadera, apenas nos des­cubre lo que la constituye interiormente. En efec­to, el Decálogo nos indica solamente lo que es contrario al amor, y además nos muestra los frutos del mal. Pero el Nuevo Testamento nos revela la vida verdadera en toda su plenitud como el amor divino en su perfección. Este amor se manifiesta en la persona de nuestro Señor Jesucristo, Dios mismo hecho hombre, en su vida y en su doctrina— y más tarde en fin, por la fuerza del Espíritu Santo después de Pentecostés, en el corazón de los cristianos.

Fuente:

https://ocamexico.org

https://ocamexico.org/vidaesp.html

DIÓCESIS DE MÉXICO - IGLESIA ORTODOXA EN AMÉRICA

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