martes, 12 de mayo de 2020

Catecismo - Iglesia Ortodoxa


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Catecismo

Iglesia Ortodoxa


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DIVINA LITURGIA DE SAN JUAN CRISÓSTOMO

TRADUCCIÓN DE
PADRE DIÁCONO JOSÉ SANTOS


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Cómo rezar

San Paisios del Monte Atos, Grecia (+1994)

Alguien preguntó como hay que rezar. El staretz le dijo: “Con el sentimiento de que eres un niño pequeño, y que Dios es tu Padre. Después de eso, empieza a hacer tus demandas. Si lo que pides parece ser necio, no estés triste, pues el Señor no se encolerizará contra ti.

Él mira tu corazón y te concede aquello que realmente necesitas, lo que es mejor para ti. Lo mismo sucede con un niño que pide a su padre que le compre una motocicleta, porque piensa que ya es mayor. Pero su padre tiene miedo que su hijo pueda herirse, así que rechazará la compra de la motocicleta, solo para comprarle más tarde un coche”.

Fuente:

http://saintpaisios.wordpress.com

SAINT PAISIOS OF HOLY MOUNT ATHOS

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El Decálogo

Lo que la revelación nos enseña en el Antiguo Testamento sobre la vida espiritual del hombre aparece además en numerosos preceptos entre los cuales los diez mandamientos de Moisés o el Decá­logo siguen guiando hoy día a los cristianos—los cuatro primeros enseñan al amor para con Dios, los otros—el amor para con el prójimo. La mayor parte de ellos toman la forma de prohibiciones e indican los principales obstáculos en el camino de la vida verdadera.

Los dos primeros mandamientos

El primer mandamiento recuerda la verdad esen­cial del Antiguo Testamento: hay un solo Dios y es Él solo en quien está nuestra vida. “Yo soy el Señor tu Dios y no tendrás dioses ajenos delante de mí.” El segundo mandamiento explica el primero: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: no te inclinarás a ellas, ni las honrarás.”
Esta es una amonestación contra el culto pagano de dioses falsos. Existen todavía hoy idólatras inconscientes, aún entre los cristianos: todos los que toman por valor supremo cualquier valor rela­tivo, por ejemplo el triunfo de su propio pueblo, o de su raza o de su clase social (así todas las especies de patriotería, de racismo o de comunismo). El que lo sacrifica todo por el dinero, la gloria, la ambición o la satisfacción personal, se fragua un ídolo y lo adora. Todo cuanto es traición con­tra Dios, sustituyendo la mentira por la verdad, y al mismo tiempo subordinando el todo a una parte, lo más elevado a lo más bajo.
Esto es una desnaturalización de la vida, una enfermedad, una monstruosidad, un pecado que lleva al mismo idólatra a su propia ruina y muchas veces a la de otras personas. Es por eso que puede con­siderarse el segundo mandamiento como una amones­tación contra todo pecado en general.

El tercer mandamiento

El tercer mandamiento — “No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano” —salvaguarda la base de nuestras relaciones con Dios, la oración. Es por su Palabra que Dios creó el mundo. La Palabra de Dios se hizo carne y nuestro Salvador. Es por eso que nuestra palabra también (no olvidemos que estamos hechos a la imagen de Dios) tiene una gran potencia. Debemos pronunciar cada palabra con prudencia y en particular el Nombre de Dios, que nos ha sido revelado por El mismo. Hay que emple­arlo solamente para rezar, bendecir o para enseñar la Verdad.
Tomando en vano el Nombre de Dios, acabamos por olvidarnos de cómo emplearlo justamente y debili­tamos nuestra facultad de unión con Dios. El Señor Jesucristo nos pone en guardia contra el juramento (Mateo 5: 34-37). Más perniciosos aún son la blas­femia, la murmuración contra Dios, el sacrilegio y la jura. Pero toda palabra falsa o mala tiene un poder destructor: puede destruir la amistad, la familia, naciones enteras. El Apóstol Santiago afirma vigorosamente la necesidad de refrenar la lengua (Santiago 3: 2-10). Si Dios y su Palabra son la Verdad y la Vida, el diablo y su
palabra son mentira y la fuente de la muerte. El Señor di­ce que el diablo es, desde el principio, homicida, mentiroso y padre de mentira (Juan 8: 44)

El cuarto mandamiento

“Acordarte has del día de reposo para santifi­carlo: seis días trabajarás, y harás toda su obra; mas el séptimo día será reposo para el Señor tu Dios.” Este mandamiento nos recuerda que nuestras ocupaciones constituyen un camino que conduce ha­cia Dios o que nos aleja de El: sólo en Dios en­contramos descanso. En el Antiguo Testamento, el día del sábado era la imagen del reposo de Dios después de la creación del mundo: al participar del reposo de Dios, el hombre tiene acceso a una e-levada vida espiritual, contemplativa, a la que se acostumbra.
Para los cristianos, el día del Señor es el do­mingo, día de oración, día en que recibimos la Palabra de Dios y la Eucaristía. Los primeros cristianos fueron excomulgados (puestos fuera de la comunión de la Iglesia), si por dos domingos segui­dos no comulgaban.
Cristo enseñaba que es imposible separar el amor por Dios del amor por el prójimo y dio testimonio de esto por curar a los enfermos en el día consagrado a Dios, el sábado.
Hoy día, el signo de nuestro amor por Dios, inseparable de nuestro amor por nuestro vecino es la Eucaristía: es lo que nos da la fuerza para practicar el bien. Es por eso que el domingo y los días de fiesta celebramos la Eucaristía.

El quinto mandamiento

“Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen en la tierra que el Señor tu Dios te da.” Este mandamiento no es solamente una invita­ción a amar a los padres, sino que es también la indicación de un punto de partida para amar a to­dos los hombres. En efecto, para aprender a amar a todos, es necesario primero amar a los que nos son más próximos (I Timoteo 5:8). El modelo del amor perfecto nos fue dado por el amor del Señor por su Padre. La unidad a que somos todos llama­dos comienza en la familia cristiana. — Es sobre el respeto de los padres y la atención a sus con­sejos que está fundada la cultura. La irreverencia para ellos (personificada por Cam, el segundo hijo de Noé) es el origen de la decadencia de toda sociedad humana y de separación de la Iglesia.

El sexto mandamiento

“No matarás” — es un mandamiento esencial, el homicidio siendo el contrario mismo del amor. Amar significa desear para aquél a quien se ama la plenitud de todos los bienes, de los cuales, ante todo, la vida eterna. El homicidio es también un suicidio, porque destruye, en el corazón del que mata, el fundamento mismo de la vida: el amor. En cuanto al suicidio de hecho es el más grave de los pecados: es en efecto la negación de toda confian­za en Dios, de la esperanza en El y también de toda posibilidad de arrepentirse. Es propiamente el ateísmo puesto en práctica y la cosa más con­tranatural que puede cometer un hombre. Los medios de cometer homicidio y suicidio son innume­rables, sobre todo si se considera que estos actos pueden ser cometidos, no solamente por las armas y la violencia, sino también indirectamente por una palabra o por un silencio, por mirar o por negarse a mirar. Todo pecado, en calidad de violación de las leyes de la verdadera vida, es un homicidio indirecto. Es homicidio igualmente la negación de defender o de salvar a otra persona.
Ocurre, sin embargo, que la defensa de otro exige además del sacrificio personal, la violencia y hasta el homicidio. Es así que se encuentra justificado el combatiente que mata en la guerra, si es que no es motivado por el odio o por la sed de la sangre. Pero eso mismo está muy lejos de justificar siempre la guerra, que en sí en un mal.
La principal responsabilidad de la guerra es llevada por los jefes de los gobiernos y de las naciones. La política y los medios de hacer gue­rra son sometidos también a un juicio de orden moral. Esto se olvida cada vez más en nuestros días.

El séptimo mandamiento

Toda unión extra-conyugal entre un hombre y una mujer es una violación directa del mandamiento: “No cometerás adulterio.” Pero toda acción que fa­vorece un exceso de los sentidos lo viola igual­mente.
En el matrimonio cristiano, en que la vida sexual es condicionada por relaciones personales basadas en un amor profundo, no resulta perturbada la armonía moral. Fuera del matrimonio, al con­trario, la manifestación del instinto sexual se aísla fácilmente en su propia esfera, lo cual des­truye la integridad de la persona humana. Y hay tanto peligro de esto porque los elevados impulsos creativos del hombre están estrechamente ligados a su vida sexual. La continencia aumenta las fuerzas espirituales mientras que el desarreglo las debilita; además, provoca muchas veces enfer­medades de las que hasta los descendientes del que así ha pecado llevan el peso. Los desarreglos de la vida sexual provocan desórdenes en las rela­ciones con el prójimo y a veces una viva agresi­vidad. En la lucha con las tentaciones del pecado, sobre todo en esta esfera, los solos esfuerzos de la voluntad no bastan. Aquí, es indispensable ejercer los mejores recursos intelectuales y espi­rituales, en particular, la oración, participación de la vida de gracia de la Iglesia, y sobre todo, un amor viviente por Dios y el prójimo.

Los mandamientos VIII, IX y X

“No hurtarás.” Este mandamiento nos pone en guardia contra un pecado que puede perjudicar seriamente el amor entre los hombres.

La propiedad es frecuentemente una condición necesaria a la vida del hombre, a la seguridad de su futuro y a veces es también un vínculo con su pasado, la condición de su trabajo creativo o bien el fruto de su obra. Como el nombre, la propiedad puede ser el símbolo del hombre mismo. Es por eso que, cuando un hombre hurta, puede hacer un daño profundo a su personalidad y causarle así una ver­dadera mutilación moral. Sin embargo, no conviene dar una importancia absoluta a los aspectos aislados de la propiedad particular o colectiva. En sí la propiedad no es ni mala ni buena, pero conforme a la enseñanza de San Casiano, sólo puede conver­tirse en un bien o en un mal.
La doctrina de Cristo no permite el estableci­miento de ningún sistema económico, sino que da el criterio necesario para juzgar la propiedad en los diversos casos que pueden presentarse. Este criterio es el bien espiritual del hombre.

El noveno mandamiento: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” condena la declaración falsa en un tribunal, pero además, es interpretado por los comentadores de la Iglesia como una amo­nestación contra todo pecado hecho por palabra, y así llega a completar el tercer mandamiento.

El décimo mandamiento nos pone en guardia con­tra la envidia y la codicia, dicho en otros térmi­nos, contra el mal interno que es la causa del mal externo. En este respecto, el último mandamiento recuerda los del Nuevo Testamento.

La moral del Nuevo Testamento comparada con la del Antiguo Testamento

Si el Antiguo Testamento, en sus preceptos de amor para con Dios y el prójimo, nos revela ya el fundamento de la vida verdadera, apenas nos des­cubre lo que la constituye interiormente. En efec­to, el Decálogo nos indica solamente lo que es contrario al amor, y además nos muestra los frutos del mal. Pero el Nuevo Testamento nos revela la vida verdadera en toda su plenitud como el amor divino en su perfección. Este amor se manifiesta en la persona de nuestro Señor Jesucristo, Dios mismo hecho hombre, en su vida y en su doctrina— y más tarde en fin, por la fuerza del Espíritu Santo después de Pentecostés, en el corazón de los cristianos.

Fuente:

https://ocamexico.org

https://ocamexico.org/vidaesp.html

DIÓCESIS DE MÉXICO – IGLESIA ORTODOXA EN AMÉRICA

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Ángel Guardián

“Ángel de paz, fiel maestro, protector de nuestros almas y cuerpos” — nosotros pedimos a Dios, orando en el templo. La Iglesia Ortodoxa cree que el hombre al nacer, recibe de Dios un Ángel Guardián. Nuestro Señor Jesucristo dijo: “Tengan cuidado de no despreciar a ninguno de estos pequeños, porque les digo que sus Ángeles en el Cielo siempre ven la faz de Mi Padre Celestial” (Mt. 18:10).

El beato Agustín escribe: “Los Ángeles con gran dedicación y diligencia, permanecen con nosotros a toda hora y en todo lugar, nos ayudan, piensan en nuestras necesidades, sirven de intermediarios entre nosotros y Dios, elevando a El nuestras quejas y suspiros… Nos acompaña en todos nuestros caminos, entran y salen con nosotros, observando como nos comportamos entre ese genero engañoso y con que empeño deseamos y buscamos al Reino de Dios.” Un pensamiento semejante tiene San Basilio el Grande: “Con cada fiel hay un Ángel, quien como niñera o pastor dirige su vida” y para demostración cita las palabras de David, el salmista: “A sus Ángeles dirá sobre ti — que te protejan en todos tus caminos…” “Ángel del Señor hará guardia alrededor de los que Le temen y los ayudará” (Sal. 90:11, 33:8).

El Obispo Theofano el Recluso enseña: “Hay que recordar, que tenemos a un Ángel Guardián y dirigirse a El con pensamiento y corazón — en nuestra vida normal y especialmente cuando ésta se agita. Si no nos dirigimos a El, el Ángel no puede aconsejarnos. Cuando alguien se dirige a un abismo у pantano con ojos cerrados y los oídos tapados — como es posible ayudarle?”

Así el cristiano debe recordar a su buen Ángel, que durante toda su vida se preocupa por él, se regocija con sus éxitos espirituales, se acongoja con sus caídas. Cuando el hombre muere, el Ángel lleva su alma a Dios. Según muchos testimonios, el alma reconoce a su Ángel Guardián, cuando llega al mundo espiritual.

Fuente:

http://holyangelsofyourheart.wordpress.com

HOLY ANGELS OF YOUR HEART


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La transfiguración de nuestro Señor

“La Transfiguración del Salvador sobre el monte Tabor fue percibida por Sus discípulos como luz. Aquella no era por cierto un flujo de partículas de la luz física, pero sin duda algo parecido a la luz. Esta luz brillaba mas fuerte que la solar, pero no quemaba, Además su brillo estaba acompañando por una sensación de extraordinaria paz y alegría. Era la visión del gozo del paraíso.

En Sagradas Escrituras a menudo la palabra “luz” se aplica a Dios y a lo que irradia de El: la verdad, los mandamientos morales y las obras de bien. Aquí la palabra “luz” se puede tomar en sentido figurado — significando una fuente vivificante. En realidad, lo que es la luz solar para el mundo físico, — es Dios para — el espiritual. Gracias a la luz vemos y conocemos el mundo, tenemos la posibilidad de movernos, desarrollarnos y crecer. La luz calienta y da vida a la naturaleza. Sin el sol nuestra tierra se convertiría en un cuerpo helado y sin vida.

De manera semejante, Dios es la luz para criaturas espirituales — ángeles y hombres. Con Su energía ilumina nuestra mente, nos da el conocimiento espiritual superior, vierte en nosotros la energía y la inspiración, calienta el corazón con el amor, dirige nuestra vida hacia buena meta. Todos los bienes espirituales los recibimos de Dios. Alejándonos de El nuestra alma se sumerge en las tinieblas y perece.

Es así como los hombres de vida espiritual perciben su comunicación con Dios: “Porque contigo está el manantial de la vida; En tu luz veremos la luz” (Sal. 36:10); “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105). En particular, la llegada de Mesías se percibía como luz espiritual: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombre de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Is. 9:2). Cristo decía a los judíos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida… Aun por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprenden las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a donde va. Entre tanto que tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz” (Jn. 8:12; 12:35-36). De misma manera el amor y las obras de bien, san Juan el Teólogo
llama: “andar” y “permanecer en la luz.”

Las Sagradas Escrituras, a veces, aplican a Dios la palabra “luz,” no solo en sentido figurado, sino, en expresiones que hablan de Su naturaleza. Citemos algunos textos: “El que se cubre de luz como de vestidura” (Sal. 104:2); Apóstol Santiago llama a Dios: “…Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variaciones” (Sant. 1:17). El Apóstol Juan: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en Él” (1 Juan 1:5-7). Apóstol Pablo: “El que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto, ni puede ver” (1 Tim. 6:16). En Apocalipsis leemos: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero … y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Apoc. 21:23-24; 22:4-5).

Sobre la naturaleza de la luminosidad de Tabor escribía S. Gregorio Palamas (1296-1356), quien tuvo que salir en defensa de la enseñanza ortodoxa sobre la luz espiritual, contra los eruditos monjes Barlaam, Akindin y sus seguidores. Era la época de Renacimiento — renacimiento de paganismo en el arte, pensamiento y costumbres. En la filosofía comenzaron a volver a los conceptos paganos sobre Dios, — como un Absoluto trascendental, supramundial e inconcebible. Basándose en este concepto no cristiano sobre Dios, Barlaam y Akindin afirmaban que sobre Tabor los apóstoles no podían ver a Dios, ellos vieron una común luz física.

S. Gregorio Palamas, al contrario, insistía que la luz de Tabor solo se parecia a la física, pero era completamente diferente por su naturaleza. Esta luz era más intensa que del sol y más blanca que la nieve; no cegaba, calentaba, pero no quemaba. Su brillo estaba acompañando de un intenso sentimiento de alegría. Para diferenciarla de la luz común, san Gregorio llamaba a la luz de Tabor: “Una energía Divina, no creada.” La eséncia de esta luz es inseparable de la eterna eséncia Divina, ya que Dios es simple e indiviso. A pesar que Dios en Su eséncia es inconcebible, Sus actos y energía, siendo inseparables de Su ecéncia, son concebibles para los seres creados a Su imagen y semejanza. Para eso, también, el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos comulgar con Su naturaleza Divina y así divinizarnos.

Percibimos la presencia Divina con el alma y no con los ojos de la carne. San Gregorio explica que la capacidad de ver la Luz Divina la otorga el Espíritu Santo, quien pasa al hombre del estado corporal al estado espiritual (homilía para la Transfiguración). En el momento de la visualización de la Luz Divina, de los ojos del observador cae como una cortina, y se le permite ver el resplandor Divino. La influencia de la luz espiritual en esta vida se extiende al alma. Pero, en la vida futura, también, se extiende sobre el cuerpo renovado de los justos, como esta escrito: “Entonces, los justos brillaran como el sol en el Reino de su Padre.”

La naturaleza de la luz benefactora (o energía Divina) — es misteriosa e inexplicable, como la eséncia del Creador. Sin embargo, suele ser experimentada claramente, cuando el misericordioso Dios, honra al hombre con la visualización del brillo Divino. Entonces, el hombre siente un goce paradisíaco, en comparación con el cual, todas las alegrías terrenales son nulas. S. Gregorio Palamas escribía además, que en el monte Tabor Cristo entreabrió ante los apóstoles Su Divinidad y mostró a Dios que habita en El, ya que desde la eternidad, Él es — luz.

También el rostro d Moisés quedo iluminado durante su conversación con Dios sobre el monte Sinaí. Pero esto pasó por la acción sobre él de la fuerza Divina y era, se puede decir, de carácter pasivo, y no como resultado de la acción interior de su fuerza (o sea, Moisés solo reflejaba la luz Divina). En cambio, el Señor Jesucristo tenia esta luz en Su interior. El reveló a los apóstoles en monte Tabor la Gloria de Su Divinidad. El se hizo luminoso durante la oración para enseñarnos como vendrá a los Santos la iluminación Divina y como la verán ellos (homilía 34 y 35).

Muchos justos han podido ver el brillo semejante al de monte Tabor. En Sagradas Escrituras y obras de Santos Padres esta vivificante luz se describe como un estado interior, obtenido por la oración, piedad religiosa y particularmente la Comunión de los Santos Misterios. Percibido interiormente era tan real, como la observación de la luz física. La manifestación de esta luz con brillo externo es un fenómeno menos frecuente. Pero en los escritos de los Santos se puede encontrar las descripciones de la manifestación externa de esta luz Divina inmaterial, cuando se iluminan el cuerpo y la vestimenta de un Santo. Así se puede encontrar no pocos relatos sobre esto en las vidas de los Santos del siglo 4-o a 6-o, en el Lavsaik y en “Prado espiritual.” Citemos aquí algunos casos, siguiendo en lo posible las palabras de observadores directos: “El rostro del abba Pamba brillaba como relámpago y él era como un rey, sentado en su trono.” Antes de la muerte de abba Sisoi, los monjes que vinieron a despedirse de él, vieron de repente, que su rostro brilló como sol. Alguien que se encontró con el abba Siluan, y viendo que su rostro y cuerpo eran iluminados como de un Ángel, cayó de bruces ante él. Un hermano, llegando a la celda de la ermita del abba Arsenio, miro por la puerta y vio que el maestro era todo como fuego. Un fuego milagroso que ardía en el S. Sergio de Radonezh, atraía a él a todos que lo vieron, aunque sea, una vez. Durante el canto en el templo de la oración “a Ti cantamos,” los presentes vieron como el fuego cayó del cielo y se movía sobre la mesa del altar, iluminando toda la estancia y rodeando al oficiante San Sergio. Cuando éste comulgaba — el fuego entro en el cáliz y el Santo comulgó con él. El discípulo de S. Serafín de Sarov, Motovilov, vio a su maestro en resplandor celestial, y le dijo: “Padre, no puedo mirar, ya que de sus ojos caen relámpagos. Su rostro se hizo mas brillante, que el sol y me duelen los ojos al mirar.”

Los que venían al “starez” (maestro espiritual) Ambrosio de Optin, también veían a veces como la luz salía de él. Se observó la iluminación del rostro del obispo Teofano el Ermitaño y de san Juan de Kronstadt. El padre Juan se ponía ante el Señor, como ante el sol y, sentía claramente su permanencia en los rayos de esta luz y su calidez, alegría y cercanía de Cristo Salvador. Por la gracia de Dios, su rostro se hacia hermoso como de un Ángel y uno quería seguir mirándolo. (Nota: llaman la atención los relatos de la gente que murió y luego revivió. Como ellos después de su muerte entraban en un mundo de luz y experimentaban allí una extraordinaria paz y alegría. Muchos de estos relatos reunió un doctor de medicina norteamericano, Raymond A. Moody Jr, en su libro “Vida después de vida” [Life after life]. Ver también el folleto de Iskul “inverosímil para muchos, pero un acontecimiento real.” No seria que el Señor les dejaba ver Su Luz para que ellos fomentan la fe en la actual sociedad racionalista?).

El sentimiento de gozo, a partir de la iluminación Divina, suele ser tan fuerte, que cuando cesa, el hombre siente gran tristeza y abandono. S. Gregorio el Teólogo describe así este estado: “deseo quedar solo conmigo mismo y, renunciando a la carne y al mundo, no tocando sin necesidad extrema nada humano, conversando con uno mismo y con Dios, vivir por encima de lo visible. Deseo llevar siempre en mi imágenes puras y Divinas, no mezcladas con los inferiores impresiones engañosas. Quiero ser un impoluto espejo de Dios y de lo Divino. Adquirir la luz a la luz — de lo menos claro a lo mas luminoso — hasta que no llegue a la Fuente de iluminaciones de allá y no alcance al bienaventurado fin… El Amado (Dios) traspasa a la mente con un rayo de luz y enseguida en rápido movimiento se aleja y con esto llama y arrastra Consigo el alma.”

San Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022), a menudo, recibía el honor de iluminación Divina. Así relató lo que sintió después de una de estas experiencia: “Todos los sentidos de mi mente y alma estaban adheridos a esta única innarable alegría de altísima luz. Pero cuando la inconmensurable luz, que me apareció, poco a poco disminuyo y al final se tornó invisible, volví en mi y conocí que maravillas de repente obró en mi la fuerza de esta luz… Luz esta, cuando aparece, alegra y cuando desaparece deja una herida y dolor en el corazón (Palabra 86).

La luz Divina misteriosamente se da a cada fiel sincero, cristiano ortodoxo. Pero los santos Padres previenen contra los esfuerzos de llamar artificialmente a esta iluminación, tratar de ver a esta luz, ya que aquí se esconde un gran peligro de tentación diabólica. El cristiano debe ir por la senda angosta de penitencia, humildad y autosacrificio. La vida actual es el tiempo de trabajo — la futura será tiempo de recompensa…”

Alexander Mileant


Fuente:

https://cristoesortodoxo.com

https://cristoesortodoxo.com/2013/08/19/la-transfiguracion-de-nuestro-senor/

CRISTO ES ORTODOXO

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La Iglesia Ortodoxa le ha dado a la Virgen María dos títulos principales que corresponden a su lugar en esos dos “centros” de la vida eclesial. “Theotokos” (Madre de Dios) y “Panagia” (Santísima).

La Iglesia Ortodoxa le ha dado a la Virgen María dos títulos principales que corresponden a su lugar en esos dos “centros” de la vida eclesial.

“Theotokos” (Madre de Dios) y “Panagia” (Santísima). La palabra “Theotokos” la coloca en el centro del dogma ortodoxo, porque testifica esa fe en que ella dio a luz a Dios hecho hombre, no a un hombre al que posteriormente descendió Dios.

El término “Santísima” se refiera al lugar que tiene la Virgen entre los fieles, como una “más santa que todos los santos”, que está en el centro de la Iglesia y de su vida de oración. Cada vez que la recordamos en nuestras peticiones litúrgicas, la llamanos “Santísima (Panagia) Madre de Dios (Theotokos) y Siempre Virgen (Aeiparthenos) Maria”. Así, en sus íconos, como Theotokos es siempre representada portando en brazos a Su hijo.
Como Panagia es representada con los brazos extendidos en oración, como un miembro de la Iglesia, y Su Hijo en igual postura, pero no portado en brazos por ella. La Virgen No es Representada Nunca sin su Hijo.

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Homilía acerca de la Natividad de Jesus Cristo 

por San Juan Crisóstomo (+407)

Observo un nuevo y admirable misterio! Mis oídos resuenan en torno con las voces de los pastores, que no silban con suaves sonidos, sino que cantan un himno celestial! ¡Cantan los ángeles, tocan los arcángeles, ensalzan los Querubines, glorifican los Serafines; y todos hacen fiesta, cuando miran a Dios en la tierra y al hombre en el cielo! Porque a Aquel que vive en las alturas, por una providencia particular, lo ven ahora acá abajo, y al que estaba acá abajo lo ven allá arriba a causa de la benevolencia de Dios. Hoy Belén es reflejo de los cielos; pero en vez de estrellas tiene ángeles cantores, y ha encerrado en su seno de una manera no limitada en vez del sol al Sol de justicia.

Y en este punto, no te pongas a investigar cómo ha sucedido eso, porque en donde entra la voluntad de Dios ahí cede el orden natural. ¡El quiso, pudo, descendió, redimió! ¡todo obedece a la voluntad de Dios! ¡Hoy El que es, es engendrado; El que es, se hace aquello que no era! Porque siendo Dios se hace hombre, pero sin dejar la divinidad que tenía. No se hace hombre con pérdida de la divinidad, ni tampoco por añadiduras consecutivas se ha hecho de hombre, Dios; sino que existiendo como Verbo y permaneciendo sin cambio en su propia naturaleza a causa de su impasibilidad, se ha hecho carne.

Cuando nació los judíos negaban aquel parto inusitado y los fariseos interpretaban malamente los Libros sagrados y los escribas decían cosas que contradecían a las sagradas Escrituras y a la Ley. Herodes andaba en busca del recién nacido no para honrarlo sino para matarlo. Porque en este día todos miraban las cosas al contrario de lo que eran. Para hablar como el profeta: “¡No se ocultaron las cosas a los hijos de ellos de generación en generación!” Porque vinieron los Reyes y contemplaron al
Rey celestial, y vieron que había venido a la tierra sin traer consigo ángeles, ni arcángeles, ni Tronos, ni Dominaciones ni Virtudes ni Potestades; sino que por un camino nuevo y no trillado había nacido de un vientre intacto.

Pero no dejó a los ángeles fuera de su mando, ni perdió su divinidad por el hecho de su encarnación; sino que los Reyes vinieron para adorar al celeste Rey de la gloria; y los soldados para venerar al Príncipe del ejército; y las mujeres vinieron para que quien había nacido de una Virgen les cambiara en alegría sus dolores; y las vírgenes para ver al Hijo de la Virgen, y admirarse de cómo puede ser que el Hacedor de la leche y que hace que las fuentes de los pechos broten espontáneamente sus ríos, reciba de la Virgen aquel alimento propio de infantes; y los infantes para ver al que se hizo infante para obtener perfecta alabanza de la boca de los infantes y que aún están en lactancia; y los niños, al Niño que, por la locura de Herodes, los hizo mártires; y los varones, al que se hizo hombre para curar las enfermedades de los siervos; y los Pastores al buen Pastor que da su vida por sus ovejas; y los sacerdotes al que ha sido hecho Sacerdote según el orden de Melquisedec; y los siervos al que tomó forma de siervo, para adornar nuestra esclavitud con los honores de la libertad; y los pescadores, al que de pescadores hizo cazadores de hombres; y los publícanos al que de entre los publícanos se escoge a un esclarecido Evangelista; las meretrices, al que presenta sus pies a las lágrimas de las meretrices: ¡y para decirlo brevemente, todos los pecadores se acercaron para contemplar al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, y los Magos para su guardia, los pastores para bendecirlo, los publícanos para predicar su Evangelio, las meretrices para ungirlo, la Samaritana por la sed que tenía de la fuente de aguas vivas y la Cananea para demostrarle su firmísima fe!.

Siendo pues así que todos se regocijan, también yo quiero regocijarme y danzar y hacer fiesta. Y danzo ciertamente no pulsando la cítara, ni agitando tirsos ni soplando las flautas, sino portando en mis manos en vez de los instrumentos músicos, los pañales de Cristo. Porque ellos forman mi esperanza y son mi vida y mi salud; ellos son mi flauta, ellos mi cítara. Y por esto, me llego portándolos, a fin de que habiendo obtenido, mediante ellos, la capacidad de hablar, pueda decir con los ángeles ¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos!, y con los pastores: ¡Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! Hoy Aquel que es engendrado por el Padre de una manera inefable, nace en favor mío de una manera inexplicable del seno de una Virgen. Allá arriba es engendrado por el Padre en su orden natural antes de todos los siglos en la forma que sabe Aquel que lo engendra; acá en cambio ha nacido de nuevo de una manera preternatural de una Virgen, del modo que sabe la gracia del Espíritu Santo. Aquella su generación celestial es verdadera, y esta otra terrena en modo alguno es falsa. Es verdaderamente Dios engendrado de Dios, y es verdaderamente hombre nacido de la Virgen. Allá arriba es Unigénito, El solo de Uno solo; acá en la tierra es también Unigénito, El solo de sola la Virgen. Porque así como el suponer madre en aquella eterna generación es impío, del mismo modo suponer padre en esta otra terrena es blasfemo.

Engendra el Padre sin flujo de naturaleza, la Virgen da a luz sin corrupción. Porque ni el Padre sufre ese flujo, puesto que engendra como es conveniente que engendre Dios, ni la Virgen, al dar a luz sufrió corrupción, porque lo hizo de una manera espiritual. Por lo cual ni se puede explicar aquella su celestial generación, ni tampoco su venida en estos últimos tiempos permite que se la examine con curiosidad. Yo sé que hoy una Virgen ha dado a luz, yo creo que Dios es engendrado sin tiempo; pero he aprendido a venerar en silencio el modo de esa generación, ni se me ha enseñado que ella haya de ser examinada con curiosidad con el discurso. Porque en Dios no debemos entender al modo de la naturaleza, sino tener fe en el poder de Aquel que produce la operación. Porque, cuando una mujer unida en matrimonio da a luz, ley es eso de la naturaleza; pero que una virgen que no conoce varón quede virgen después del parto, es cosa que excede a la ley natural. Así pues, examínese lo que conforme a la ley natural sucede, pero venérese en silencio lo que está por encima de la naturaleza; y esto, no como cosa que ha de evitarse, sino como cosa inenarrable y digna de que en silencio se la venere.

Pero … ¡dadme licencia de terminar mi discurso en el exordio mismo! Porque como temo entrar en la investigación de estas cosas sublimes, no sé de qué manera o en qué dirección he de llevar el timón de mi nave. ¿Qué diré o qué hablaré? ¡Veo a una madre que ha dado a luz; veo al Hijo nacido de ese parto; pero no veo el cómo de esa generación! Porque, cuando Dios lo quiere, queda vencida la naturaleza, quedan vencidos los límites del orden natural. Puesto que no ha sucedido esto conforme a las leyes de la naturaleza, sino que se ha verificado un milagro por encima de la naturaleza: ¡quedó inactiva la naturaleza y en cambio entró en acción la voluntad de Dios! ¡Oh gracia inefable! ¡El Unigénito que existe antes de todos los siglos, que no puede ser tocado, que es simple e incorpóreo, ha entrado en un cuerpo como el mío, sujeto a la corrupción y a los sentidos!.

Y esto ¿por qué motivo? Para que siendo visto enseñe; y enseñando, nos lleve como de la mano a las cosas que no caen bajo el dominio de los ojos. Puesto que los hombres estiman que los ojos son más fieles que los oídos y por esto dudan de lo que no han visto, se dignó Dios proporcionarnos su aspecto, mediante la vista de nuestros ojos, para que con esto quitáramos toda duda. ¡Y nace de una Virgen ignorante de esas cosas! Porque ni cooperó Ella a llevar adelante la obra ni puso de su parte nada para lo que se hacía; sino que fue, de todo en todo, un simple instrumento del arcano poder. Lo único que Ella sabía era lo que había preguntado al Arcángel Gabriel y de éste había conocido: ¿Cómo puede ser esto, pues no conozco varón? Y aquél le dijo: ¿quieres saber esto? ¡El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te hará sombra!.

Preguntarás cómo es eso de que ya estaba con Ella y luego nace de Ella. Así como el artífice, habiendo encontrado una materia aptísima fabrica de ella un vaso bellísimo, así Dios, habiendo encontrado el santo cuerpo y el alma santa de la Virgen, se construyó de ahí un templo animado y formó de la Virgen un hombre en el modo que Él quiso, y vestido con ese hombre se presentó hoy, sin avergonzarse de la deformidad de la naturaleza. Porque no fue para Él cosa de vergüenza, cargar Él mismo su obra, aparte de que la obra misma queda en gran manera glorificada por el hecho de ser vestimenta de su artífice. Porque, así como en la primera creación no podía suceder que el hombre quedara constituido antes de que el lodo viniera a las manos del Creador, del mismo modo no pudo ser que aquel vaso corruptible se transformara si no se hacía vestido del artífice.

Pero ¿qué diré o qué hablaré? Porque el milagro me suspende de admiración. ¡El anciano de días se ha hecho infante! ¡el que se asienta en un elevado solio y excelso, es colocado en un pesebre! ¡el que es impalpable y simple y no tiene composición y es incorpóreo, es tratado por manos humanas! ¡el que rompe las ataduras de los pecados, es por voluntad suya atado con pañales! ¡Porque ha determinado cambiar la ignominia en honor, y revestir de gloria la infamia y lo que era reinado de la afrenta mostrarlo ahora como reinado de la virtud!.

Para esto toma mi cuerpo, para que yo me haga capaz de su Verbo; habiendo tomado mi carne me ha entregado su Espíritu con el objeto de que, habiéndomelo Él dado y habiéndolo yo tomado, me adquiera un tesoro de vida eterna. Toma mi carne para santificarme y me da su Espíritu para salvarme. Pero ¿qué diré o qué hablaré?: ¡He aquí que concebirá una virgen! Y ahora eso ya no se dice como de futuro, sino que se ve como cosa sucedida. Y por cierto, se ha verificado entre los judíos, entre los cuales eso se decía; pero es creído por nosotros entre quienes ni siquiera se nombraba. ¡He aquí que concebirá una Virgen! La sinagoga posee la letra, pero la Iglesia posee la realidad. Aquélla encontró los escritos, ésta la preciosa margarita. Aquélla tiñó la lana, ésta se vistió la vestidura de púrpura. Porque Judea  dio a luz, pero fue el orbe de la tierra el que lo recibió. La sinagoga lo alimentó y lo educó, pero la Iglesia lo retuvo y se aprovechó de El. En aquélla estuvo el sarmiento de la vid, pero en mí está el racimo de la verdad. Aquélla hizo la vendimia del racimo, pero fueron los gentiles los que bebieron la mística bebida. Aquélla sembró en Judea el grano de trigo, pero los gentiles con la hoz de la fe cosecharon la mies.

Cogieron los gentiles piadosamente la rosa, y quedó allá con los judíos la espina de la incredulidad. Voló el polluelo del ave, y ellos permanecen neciamente sentados en el nido. Los judíos interpretan las hojas de la Escritura, pero los gentiles cosechan el fruto del Espíritu. ¡He aquí que una Virgen concebirá en su vientre! ¡Dime, oh judío! ¡dime! ¿a quién dio a luz? ¡Atrévete conmigo como te atreviste con Herodes! ¡Pero no te atreves, y yo conozco el motivo! ¡Es por causa de las asechanzas que le tiendes! Porque con Herodes te atreviste, para que él lo matara, conmigo no te atreves para que yo no lo adore. Pero, en fin, ¿a quién dio a luz? ¿a quién? ¡Al Señor de la naturaleza! Porque, aunque tú calles, da gritos la naturaleza; puesto que dio Ella a luz en la forma en que quiso ser dado a luz el que fue dado a luz. ¡Ese modo no lo permitía la naturaleza! Pero El, como Señor de la naturaleza, introdujo un modo de nacer que demostrara que al hacerse hombre nacía con un parto no de hombre sino que nacía como Dios.

Nació, pues, el día de hoy de una Virgen que venció a la naturaleza y superó las nupcias. Porque convenía al Dispensador de la santidad venir a luz mediante un parto lleno de pureza y de santidad. Porque es Él quien en otro tiempo, de una tierra virgen formó a Adán; y de Adán, sin intervención de mujer, formó a la mujer. Y así como Adán sin mujer produjo a la mujer, así hoy dio a luz a un hombre una Virgen sin concurso de hombre. Porque un hombre es, dice la Escritura; y ¿quién lo conocerá? El linaje de las mujeres tenía una deuda con los hombres, ya que Adán había producido a la mujer sin el concurso de mujer; por eso hoy una Virgen dio a luz sin concurso de varón, y pagó, por Eva, la deuda al varón. Para que Adán no entrara en soberbia por haber producido a la mujer sin concurso de mujer, la mujer sin concurso de varón dio a luz a un varón para manifestar, por la comunidad del milagro, la igualdad de naturaleza con el varón.

Del mismo modo que Dios tomó del costado de Adán una costilla y no disminuyó con eso en nada a Adán, del mismo modo fabricó de la Virgen un templo animado, pero en nada lesionó su virginidad. Adán permaneció incólume y salvo aun después de la privación de la costilla, y la Virgen permaneció intacta aun después de que de Ella nació el Niño. Y no se fabricó su templo de otra materia, ni se revistió de otro cuerpo ya formado, para no parecer que hacía injuria a la masa de Adán. El hombre, engañado, se había hecho instrumento del demonio; por esto, al mismo que había sido engañado, lo toma como templo animado, a fin de apartarlo, mediante esta unión con su Creador, de la familiar amistad con el demonio.

Pero, cuando se hace hombre no es dado a luz como hombre, sino que nace como Dios. Porque si hubiera nacido de un matrimonio ordinario, como yo, el vulgo lo hubiera estimado como engaño. Ahora, en cambio, para esto nace de una Virgen y para esto mantiene al nacer intacto el vientre y guarda sin mancha aquella virginidad, para que ese modo desusado de dar a Iuz, sea para mí un grande argumento de fe. De manera que, ya sea judío o gentil quien me interrogue si acaso Cristo, siendo según su naturaleza Dios se ha hecho hombre fuera del orden natural, le diré que así es; y le pondré como testigo el inviolado sello de la virginidad. Puesto que quien así vence al orden natural, es Dios; quien ha tenido un modo de nacer inmaculado, y se ha construido un templo del modo que ha querido, ese es el Autor del vientre y el inventor de la virginidad.

¡Dime, pues, oh judío! ¿Una Virgen dio a luz o no? Si dio a luz debes confesar que es un parto desusado. Y si no fue así, entonces ¿por qué engañaste a Herodes? Pues tú mismo, a él, que te preguntaba en dónde nacería Cristo, le dijiste que en Belén de Judá! ¿Conocía acaso yo ese sitio y ese pueblo? ¿tenía yo conocida la dignidad de ese que había nacido? ¿No fue Isaías quien hizo mención de Él como Dios?: Porque dará a luz a un hijo, dice, y su nombre lo llamarán Emmanuel ¿Acaso, oh malvados enemigos, no introdujisteis vosotros la verdad? ¿Acaso no nos enseñasteis vosotros mismos, escribas y fariseos, tan diligentes custodios de la Ley, todas las cosas acerca de Él? ¿Acaso nosotros penetramos a fondo la lengua hebrea? ¿No sois vosotros los que habéis interpretado las Escrituras? ¿Acaso no vosotros, después de dar a luz la Virgen y antes de que diera a luz (para que no parezca que ese sitio de la Sagrada Escritura se quiere interpretar en favor del Señor), preguntados por Herodes, le pusisteis como testigo al profeta Miqueas en confirmación de vuestras aserciones? Porque él dice: Y tú, Belén de Efrata, no eres la más pequeña entre las tribus de Judá, porque de ti saldrá el Jefe que regirá a mi pueblo de lsrael.

Rectamente dijo el profeta de ti; porque de entre vosotros salió y vino al orbe de toda la tierra. Porque el que ya existe, ese avanza; pero el que no existe, se fabrica o se crea. Mas Él ya existía y anteriormente existía y desde siempre existía. Sólo que existía desde siempre en cuanto Dios y así gobernaba al mundo; pero ahora avanzó para gobernar a su pueblo como Hombre y para salvar al universo como Dios. ¡Oh magníficos y utilísimos enemigos! ¡Oh modestos y mansos acusadores que sin darse cuenta indicaron que había nacido Dios en Belén! ¡ellos dieron a conocer al Señor que se ocultaba en un pesebre! ¡manifestaron contra su voluntad al que yacía en una cueva, y sin quererlo se convirtieron en bienhechores nuestros, al revelarlo espontáneamente cuando se empeñaban en ocultarlo!.

¿Observas a estos maestros imperitos? ¡Enseñan lo que ellos no saben! ¡consumidos de hambre andan alimentando! ¡sedientos, dan de beber! ¡oprimidos por la escasez, andan enriqueciendo! ¡Ea, pues! ¡venid! ¡celebremos fiestas! ¡venid! ¡celebremos esta solemnidad! ¡El modo de la festividad es desusado, precisamente porque es increíble el mensaje de la Natividad! ¡Hoy se ha roto el antiguo vínculo, y el diablo ha sido confundido y los demonios han huido y la muerte ha sido destruida y el paraíso ha sido reabierto, la maldición se ha borrado, y el “An ha sido quitado de en medio y el error despedido y la verdad ha vuelto y la palabra de la piedad se ha esparcido por todas partes y ha corrido por el orbe y la conversación de los Celes se ha trasplantado a la tierra: ¡los ángeles hablan con los hombres y los hombres traban coloquios con los ángeles! y esto ¿por qué? ¡Porque ha venido Dios a la tierra y el hombre ha subido a los cielos, y todas las cosas se han entremezclado! ¡Él bajó a la tierra siendo así que está todo en los cielos,-y estando todo en los cielos también está todo en la tierra! Siendo Dios se ha hecho hombre sin negar su divinidad. Siendo el Verbo impasible, se ha hecho carne, y se ha hecho carne para habitar entre nosotros. Porque en cuanto Dios ya existía y no se ha hecho. Se ha hecho hombre a fin de que a Aquel a quien los cielos no podían encerrar, hoy un pesebre lo recibiera. Y se le pone en un pesebre para que Aquel por quien todos los seres son alimentados, reciba de la Virgen el alimento propio de los niños. Por esto el Padre del siglo futuro, en forma de un infante que pende de los pechos virgíneos no rehusa los brazos de la Virgen, con el objeto de hacer más fácil el acceso a Él.

Hoy vinieron los Magos y dieron principio a desobedecer al tirano, y el cielo se cubre de gloria porque con su estrella indica al Señor; y asentado sobre la leve nube de su cuerpo, el Señor avanza hacia Egipto; y al parecer huye de las asechanzas de Herodes, pero en la realidad va a cumplir lo que había profetizado Isaías: Y será, dice, en aquel día Israel tercero con los asirios y egipcios, como bendición en medio de la tierra: bendición del Señor Sabaoth que dice-, ¡bendito mi pueblo de Egipto y el de Asiría y el de Israel! ¿Qué respondes, oh judío? ¡Tú que eras el primero has quedado el tercero! ¿Los egipcios y los asirios te han sido antepuestos, y el primogénito Israel ha venido a ser postrero? ¡Así es! ¡Con razón los asirios serán los primeros, puesto que ellos los primeros lo adoraron mediante los Magos! Y luego de los asirios, en pos los egipcios puesto que lo recibieron cuando huía de las asechanzas de Herodes. Y en último lugar se cuenta a Israel, porque hasta después que subió del Jordán lo reconocieron a través de los apóstoles.

Y entró en Egipto e hizo caer los ídolos, obra de los egipcios. Y esto no de cualquier manera, sino después de que había cerrado los vestíbulos de Egipto con la muerte de sus primogénitos. Y por eso hoy entra como primogénito para deshacer el lloro de la antigua tristeza. Y que Cristo sea llamado primogénito, hoy lo atestigua el Evangelista Lucas cuando dice: Y dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales y lo reclinó en el pesebre, porque no había sitio para ellos en el mesón.  Entró, pues, en Egipto para deshacer el lloro de la antigua tristeza, y en vez de plagas llevó gozos, y en vez de oscuridades y noche les dio luz de salud. Antiguamente se contaminó el agua del río con la muerte de los niños en edad prematura; y entró ahora en Egipto aquel que había vuelto roja el agua, y dio a las corrientes del río la virtud de engendrar la salud y limpió con la virtud del Espíritu Santo las impurezas y horruras de ellas.

Sufrieron aflicción entonces los egipcios arrebatados de furor y negaron a Dios. Ahora entró El en Egipto y llenó con el conocimiento de Dios las almas religiosas, e hizo que el río alimentara mártires más fecundos que las espigas.

Pero, a causa de las estrecheces del tiempo, determino poner fin aquí a mi discurso, y reservaros para el día siguiente lo que de la materia nos queda. Voy, pues, a terminar en cuanto os explique de qué manera el Verbo, siendo impasible, se hizo carne quedando sin cambio alguno en su naturaleza. ¿Qué diré o qué hablaré? ¡Veo al artesano y el pesebre y al Infante y los pañales y la cuna y el parto de la Virgen, privada de las cosas en esos casos necesarias; y todo reducido a la escasez y lleno de pobreza! ¿Cómo siendo Él rico se ha hecho pobre por nosotros? ¿Cómo es que no tuvo lecho ni colchas, sino que fue arrojado en un desnudo pesebre? ¡Oh pobreza, fuente de las riquezas! ¡Oh infinitas riquezas que llevan las apariencias de pobreza! ¡Yace en el pesebre y sacude al orbe de la tierra! ¡Está envuelto entre pañales propios de la cuna, y rompe las ataduras del pecado! ¡Aún no pronuncia voces articuladas, y enseña a los Magos, y los mueve a conversión!.

¿Qué diré o qué hablaré? ¡He aquí que como infante es envuelto en pañales y yace en el pesebre! ¡Presente está María, Virgen y Madre! ¡Presente está José, quien recibe el nombre de Padre! ¡A éste le llaman Esposo; a Ella, Esposa! ¡Legítimos son los nombres, pero destituidos de cópula! ¡Entiéndelos cuanto al sonido de las palabras, pero no cuanto a los hechos! ¡Aquél únicamente celebró el matrimonio, pero fue el Espíritu Santo el que hizo sombra en Ella! ¡Por esto José, envuelto en dudas, no sabía qué pensar del infante! ¡No se atrevía a decirlo originado de adulterio; no podía decir alguna palabra indecorosa de la Virgen; se negaba a llamarlo su hijo, porque sabía muy bien que le era desconocido el modo y de dónde aquel infante había sido engendrado! Y por esto, a él, que dudaba, le vino del cielo, por boca de ángeles, un oráculo: “¡No temas, José! ¡porque lo que de Ella ha sido engendrado, del Espíritu Santo es!” Porque el Espíritu Santo la cubrió con su sombra.

Mas ¿por qué nace de una Virgen, y por qué le conserva intacta su virginidad? Porque en otro tiempo el demonio engañó a Eva aún virgen, por eso ahora, a María, que era Virgen, trajo Gabriel la feliz noticia. Eva engañada dio a luz una palabra por la que entró la muerte en el mundo; y María, aceptando aquella feliz noticia, engendró al Verbo en carne que nos proporciona la vida. La palabra de Eva indicó el árbol por el cual echó a Adán del paraíso; en cambio el Verbo que procedió de María, señaló la cruz por la que introdujo al paraíso al ladrón en vez de Adán.

Y porque ni los judíos ni los gentiles ni los herejes habían de creer que Dios engendraba sin pasiones ni flujo de la naturaleza, por eso hoy, naciendo Él de un cuerpo pasible, conservó impasible ese cuerpo que era pasible, para manifestar que así como al nacer de la Virgen no destruyó la virginidad, así sin que su sagrada substancia se cambie ni se derive, engendra como Dios que es y del modo que a Él le conviene, a Dios. Porque, después que los hombres, tras de haber abandonado a Dios, esculpieron para su uso estatuas dotadas de figura humana, a las cuales, con injuria del Criador daban culto, el Verbo de Dios, siendo Dios, apareció hoy en forma de hombre, para acabar con esa mentira y pasar a sí mismo todo ese culto de una manera suave y oculta.

A este, pues, que de tal manera hizo posibles las cosas imposibles, a este Cristo y Señor, démosle la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Revisado y corregido por H.M.P

Fuente:

https://cristoesortodoxo.com

https://cristoesortodoxo.com/2012/12/25/homilia-acerca-de-la-natividad-de-jesus-cristo-por-san-juan-crisostomo/

CRISTO ES ORTODOXO

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La escritura y la tradición

Por su revelación, Dios mismo nos muestra el fin de una vida auténtica y el medio de adquirirla. La revelación es dada a la Iglesia, es decir, a una comunidad de hombres que ya han deseado la unión con Dios y entre ellos mismos. Y el Espíritu guarda la revelación divina, que es la experiencia viviente de la unión con Dios. Eso es lo que se llama la Tradición y su fundamento más precioso es la Sagrada Escritura, es decir, lo que de la reve­lación ha sido consignado por escrito por algunos hombres expresamente elegidos para eso por Dios. Tratar de asimilar la Sagrada Escritura es el pri­mer paso en el camino que conduce a Dios.

La Escritura está constituida por el Antiguo y el Nuevo Testamentos y forma un conjunto unido; pero para los cristianos la base sobre la que se apoya es el Nuevo Testamento, el que reposa sobre el Evangelio, en que está grabada la imagen de Je­sucristo: es allí, en los eventos de su vida, en sus palabras y en sus obras. La encarnación divina y el descenso del Espíri­tu Santo sobre la Iglesia fueron consumados una sola vez y los escritos del Nuevo Testamento dan testimonio de ellos. A estos eventos únicos no puede añadirse nada ni puede quitarse nada. La Escritura constituye así el fundamento de nuestra fe. Una lectura atenta de la Sagrada Escritura no solamente nos da conocimientos de Dios, sino tam­bién, hasta cierto punto, nos hace conocer a Dios mismo uniéndonos con Él particularmente mientras leemos el Evangelio.

La Tradición no es una colección de conocimien­tos abstractos transmitidos por la memoria. Lo que se transmite es la Verdad viviente destinada a ser asimilada por un corazón viviente. Esta asimila­ción no es posible sino con la ayuda de la Gracia. En otros términos, Dios revelándose al corazón de cada cristiano, le permite hacer suyo el conoci­miento ya recibido de la misma manera por aquéllos que le han predicado: es lo que constituye el valor de la Tradición. La verdad divina es siempre la misma; lo que sí cambia es la forma exterior, la que puede ser asimilada y ésta depende de la personalidad del que debe recibirla, de la época y del lugar en los que se produce la transmisión de la verdad. De esto resulta la variedad de oraciones y de ritos, de homilías, de obras teo­lógicas, y también el cambio inevitable de su forma.

Es así que puede incorporarse a la Tradición, fuera de la Sagrada Escritura, toda palabra escri­ta u oral propuesta por la Iglesia para alimento espiritual de los fieles. Ciertos ritos pueden incluirse en ella de la misma manera. Después de la Sagrada Escritura, han venido a constituir el cuerpo de la Tradición: las definiciones dogmáti­cas de los concilios ecuménicos, los textos de los ritos litúrgicos y también las decisiones canóni­cas, los escritos de los Padres de la Iglesia, las obras teológicas y de predicación, todos no siendo del mismo valor y pudiendo, de acuerdo con la ex­periencia viviente de la Iglesia, adquirir una significación más o menos grande en la manifesta­ción de la Tradición sagrada.

Fuente:



DIÓCESIS DE MÉXICO - IGLESIA ORTODOXA EN AMÉRICA

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